Jürgen Habermas: La partida del último de los grandes filósofos alemanes del siglo XX

La muerte de Jürgen Habermas esta semana marca el fin de una era intelectual en Europa. Con él se cierra un ciclo singular de la filosofía alemana que comenzó en los años treinta, cuando aún era posible pensar que la razón y el debate público podían construir una democracia mejor. Habermas, fallecido a los 96 años en el municipio bávaro de Starnberg, fue el último guardián vivo de esa tradición.

El pensador que fue brújula de la Alemania democrática

Durante casi siete décadas, Habermas funcionó como lo que muchos llamaron el “sismógrafo moral” de la República Federal alemana. No era un filósofo de torre de marfil, sino un intelectual público que se atrevió a intervenir en cada gran debate de su época: desde la memoria histórica del nazismo hasta la forma en que Europa debería relacionarse con Rusia, pasando por el futuro de la integración continental.

Sus contemporáneos lo reconocían como el último exponente de una generación de pensadores alemanes que había logrado lo imposible: reconstruir el pensamiento crítico desde las ruinas del fascismo. El canciller Friedrich Merz destacó en su comunicado que Habermas “actuó como un faro en un mar embravecido”, subrayando especialmente “la agudeza analítica que marcó el discurso democrático mucho más allá de las fronteras” de Alemania.

Una vasta obra filosófica que marcó generaciones de pensadores alemanes

El legado académico de Habermas es difícil de resumir en pocas líneas. Sus libros Teoría de la acción comunicativa, Historia y crítica de la opinión pública, Conocimiento e interés y El espacio público se convirtieron en pilares fundamentales para entender cómo funcionan la democracia y el debate público en las sociedades modernas. Estos trabajos no fueron académicos en el sentido estrecho, sino herramientas conceptuales que generaciones de investigadores e intelectuales alemanes utilizaron para pensar el mundo.

Lo que hacía singular su producción era su insistencia en que la razón y la comunicación no eran lujos intelectuales, sino armas esenciales para la vida democrática. En su último artículo publicado en El País el 30 de noviembre de 2025, escribía casi como un testamento: “Nunca ha sido tan vital una mayor integración política en la Unión Europea, y nunca ha resultado tan improbable”.

Heredero de la Escuela de Fráncfort, último guardián de la teoría crítica

Habermas fue el último superviviente de lo que se conoce como la teoría crítica, esa corriente de pensamiento que nació en la Alemania de los años treinta como respuesta a la irracionalidad del totalitarismo. En los años cincuenta, fue alumno de Theodor W. Adorno, uno de los grandes intelectuales que resistieron el nazismo desde la reflexión teórica.

Esta filiación lo conectaba con una tradición muy específica del pensamiento alemán: aquella que rechazaba radicalmente las corrientes metafísicas, románticas e irracionales que, en su versión más pervertida, habían conducido a la catástrofe. Es decir, Habermas representaba lo opuesto a la Alemania de Heidegger y sus seguidores. Su pensamiento estaba enraizado en el marxismo, pero no en sus versiones autoritarias, sino en la democracia y en lo que él denominaba el proyecto de la Ilustración: la idea de que la razón humana podía mejorar el mundo.

La sombra del nazismo y la construcción de la identidad alemana democrática

Habermas nació en 1929 en Düsseldorf, en el corazón de la región renana, en una familia que no era ajena a los círculos del nacionalsocialismo. Su padre era director de la Cámara de Comercio de un pueblo cercano a Colonia. Como era habitual en su generación, el joven Jürgen fue miembro de las Juventudes Hitlerianas, al igual que el futuro Papa Benedicto XVI (Joseph Ratzinger) y el escritor Günter Grass, ambos ligeramente mayores, o el posterior canciller Helmut Kohl.

Habermas pertenecía a esa promoción que Kohl describiría después como bendecida por “haber nacido tarde”: lo suficientemente tarde para no haber participado activamente en los crímenes nazis en plena conciencia, pero demasiado temprano para evitar que el peso de aquella época determinara su identidad intelectual para siempre.

De hecho, la biografía de Habermas revela un rasgo que pocos conocen: durante su infancia sufrió una fisura de paladar y labio leporino que lo sometió a dolorosas intervenciones quirúrgicas. Willi Winkler, autor de un extenso obituario en Süddeutsche Zeitung, sugiere que esta experiencia, junto con las burlas escolares que la acompañaron, moldeó profundamente su obsesión por la comunicación como fundamento de la vida democrática. Su convicción en la superioridad de la palabra escrita provenía, paradójicamente, de sus dificultades iniciales para hablar con soltura.

La evolución desde el marxismo hacia la socialdemocracia

Tras descubrir el marxismo en la posguerra, Habermas nunca se dejó seducir por las ilusiones que otros intelectuales europeos albergaron sobre la Unión Soviética. Él mismo recordaría años después que “lo que era un régimen autoritario, lo aprendimos en los primeros controles de la Friedrichstrasse”, refiriéndose al puesto de paso entre Berlín Occidental y Oriental.

Esta clarividencia lo llevó a evolucionar hacia una socialdemocracia que reflejaba el consenso de la República de Bonn, pero sin renunciar a la crítica radical. En 1968, durante una famosa discusión con el líder estudiantil Rudi Dutschke, se enfrentó a los movimientos revolucionarios de la época, denunciando lo que llamaba el “fascismo de izquierdas”. Posteriormente, en los años ochenta, se vio envuelto en la “querella de los historiadores”, un arduo debate con el historiador conservador Ernst Nolte sobre el significado histórico del nazismo.

Hasta el último instante: un europeo pesimista reflexionando sobre la guerra

Lo más sorprendente de Habermas en sus últimos años fue su capacidad para mantener la lucidez intelectual hasta el final. Continuó escribiendo artículos, participando en debates públicos, sin eludir la controversia. Cuando la invasión rusa de Ucrania sacudió Europa, Habermas defendió la necesidad de apoyar a la nación ucraniana, pero simultáneamente expresaba inquietud por lo que percibía como un rearme europeo y lo que consideraba el belicismo de la política alemana.

Esta posición dual, característica de su pensamiento: ni ingenuo optimismo, ni pesimismo paralizador. Sabía que Europa se encontraba ante desafíos existenciales, pero confiaba en que la razón deliberativa aún podía encontrar soluciones. En aquella columna que publicaría pocas semanas antes de su fallecimiento en El País, dejaba traslucir tanto su preocupación como su persistente fe en la integración política como solución a los conflictos.

El legado: una generación de intelectuales alemanes en busca de razón

Con la desaparición de Habermas, Europa pierde a uno de los últimos intelectuales públicos de la tradición ilustrada. No fue simplemente un productor de teorías académicas, sino alguien que enseñó a pensar y a pensarse a la República Federal, convirtiéndola en una democracia plural y sometida al Estado de derecho.

Su influencia trascendió el ámbito germánico. Generaciones de investigadores y pensadores en distintos continentes utilizaron sus conceptos para analizar cómo funcionan realmente la política, la comunicación y la democracia. El filósofo Peter Sloterdijk, dos décadas más joven pero también uno de los grandes intelectuales alemanes vivos, solía describir a la generación de Habermas como “hijos híper morales de padres nacionalsocialistas”: aquellos que habían dedicado sus vidas a reconstruir desde la razón lo que otros habían destruido desde la sinrazón.

Con Jürgen Habermas concluye una capítulo singular del pensamiento alemán, ese que supo convertir el trauma histórico en rigor intelectual, la vulnerabilidad personal en teoría de la comunicación, y la esperanza en la razón en brújula para orientar a sociedades enteras.

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