Flaubert describe a Madame Bovary como el retrato más preciso de la clase media moderna. Ella no tiene preocupaciones por comida y ropa, tiene un esposo, una casa, una hija, socializa en eventos, y según los estándares del éxito, su vida es adecuada, estable y digna. Pero de principio a fin, solo tiene una sensación: ha sido engañada por el destino.


No es que alguien haya firmado un contrato de conspiración, sino que la educación social, cultural y literaria le prometieron una vida que debería tener. Siguiendo las reglas, descubre que lo que realmente obtiene no coincide en absoluto con sus expectativas. Esa brecha es la rutina diaria de muchos en la clase media hoy en día.
¿A qué le prometieron a Emma? A textos románticos: castillos de caballeros, amantes que se enfrentan a peligros, amores que parecen durar toda la vida, destinos grandiosos y deslumbrantes. No le dijeron cómo manejar las tareas del hogar, pagar las cuentas o cuidar a los enfermos, pero le repitieron una y otra vez que la verdadera vida digna debe estar llena de pasión, dramatismo y rituales.
Esta es la experiencia infantil y juvenil de la clase media moderna: educación escolar, cine, internet, publicidad, éxito personal, que desde diferentes ángulos te dicen que si estudias mucho y entras a la universidad, podrás conseguir un trabajo digno, casarte, tener hijos, comprar una casa, viajar, y tener una vida plena y con dignidad. La vida es como un mapa claro, y si sigues el camino, la felicidad es predecible.
Emma se casó con un médico de la clase media. De buen corazón, amable, trabajador y honesto, pero torpe, lento, sin gusto, y sin entender de romances o conversaciones profundas. Es adecuado como sostén estable para la familia, pero muy difícil que sea protagonista en una narrativa romántica. Se mudan a un pueblo pequeño, los pacientes van y vienen, las tareas domésticas y el menú de comida son rutinarios, y las conversaciones en las festividades siempre giran en torno al clima, las cosechas y las noticias.
Esta es la escena familiar que muchos en la clase media reconocen hoy: estudiar, obtener certificaciones, entrar a una empresa, trabajar horas extras, asistir a reuniones, redactar informes, con un salario no bajo, viviendo en una casa decente. La boda, la hipoteca, el coche, los hijos en clases, el consumo respetable, todo eso está presente. Pero la pasión, la libertad y la autorrealización prometidas casi no entran en la vida. Lo que llena cada día son mensajes no leídos, el progreso de los proyectos, las tareas de los hijos, las visitas a familiares y la cuota de la hipoteca.
Después de veinte años de esfuerzo, solo quedan días agobiantes por la agenda y las deudas, y la vida brillante que pensaba tener al principio, ya no parece la misma. La ansiedad ya no es por el trabajo o el dinero, sino por una duda estructural: ¿acaso toda esa historia en la que creímos desde el principio era una mentira?
Emma queda atrapada en medio: sin preocupaciones por comida y ropa, con energía para sentir aburrimiento y vacío, pero sin suficiente riqueza para reescribir su vida con dinero y poder. Tiene expectativas altas, pero carece de recursos reales para cambiar su destino, y esa misma posición es un caldo de cultivo para la ansiedad. La mayoría de la clase media moderna vive en esa situación.
Su forma de intentar compensar esa brecha es exactamente el camino que muchos en la clase media hoy repiten: el consumo y las aventuras emocionales.
El consumo: obsesionada con ropa bonita, joyas delicadas, muebles elegantes, no compra solo prendas, cortinas, plata o vajilla, sino toda una narrativa de identidad. Busca, a través de la decoración, sacarse de su coordenada real y crear un escenario que refleje quién es. Esto se asemeja mucho a la lógica de consumo actual de la clase media: estilos de decoración sofisticados, ropa de calidad, teléfonos, muebles, restaurantes, destinos de viaje que en las redes sociales parecen indicar que la vida va bien. A través de objetos, proyecta una historia: “Estoy en el camino correcto en la vida”.
El consumo puede aliviar en corto plazo la sensación de asfixia, pero no toca la raíz de la ansiedad. Cuando los objetos se vuelven parte del fondo cotidiano, dejan de sostener la ilusión de que merecemos una vida mejor. Entonces, solo queda buscar cosas más caras y novedosas, y la deuda se acumula como una bola de nieve. Cuanto más intenta demostrar que no fue engañada a través del consumo, más ve en las facturas los números fríos del destino: en realidad, está pagando con décadas de trabajo futuro por esa narrativa.
Sabes que muchas compras son solo para mantener la apariencia y el autoestima, pero no te atreves a quitar la máscara, porque eso significaría admitir que la historia es falsa. Esa complicidad en la mentira, ese absurdo compartido, es el secreto que une a la clase media moderna.
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