Después de casi seis años lejos de las tablas, Fabián Mazzei regresa con la determinación de quien ha aprendido que la vida puede cambiar en un instante. El intérprete que marcó generaciones de televidentes con su rol en Campeones se presenta en el Multiescena con Los 39 escalones, una adaptación teatral de la icónica película de Alfred Hitchcock. En esta conversación, revela cómo un accidente casi le cuesta todo, cómo reconstruyó su vida junto a Araceli González, y reflexiona sobre la industria del entretenimiento argentina en tiempos de crisis.
Una resurrección escénica tras la caída
Cuando Mazzei pisó nuevamente un escenario para los ensayos de Los 39 escalones, sintió el peso de los años ausente. “El primer día transpiré muchísimo”, confiesa. Hace trece años que había encarnado al mismo personaje narrador en una producción anterior, cuando esta obra basada en Hitchcock llegó a las tablas de Buenos Aires. Ahora regresa, y aunque el rol no ha cambiado, él sí: lleva consigo el trauma de una caída que lo mantuvo un año completo en rehabilitación.
En 2022, mientras intentaba evitar una tormenta inminente, Mazzei subió al techo de su casa para limpiar las hojas. Su esposa le aconsejó no hacerlo. Él, confiado después de quince años realizando esa tarea, no le hizo caso. Con bolsas llenas de agua en las manos, perdió el equilibrio descendiendo por la escalera. Cayó desde tres metros de altura. Lo extraordinario fue lo que sucedió en la caída: giró su cuerpo en el aire para evitar caer de espaldas, amortiguando el impacto con el talón. “Me rompí el talón prácticamente”, relata, “me pusieron tres clavos. Pasé por silla de ruedas, muletas, y un año de rehabilitación. Fue corto de caer, la verdad, porque pudo haber sido mucho peor.”
La recuperación no solo fue física. El material laboral que llegó en esos meses lo ofrecía trabajar en ciudades del interior —Córdoba, Mar del Plata— pero él no tenía ganas de abandonar Buenos Aires. La razón era comprensible: acababa de lanzar con Araceli su marca propia de cosmética.
Del trabajo en fábrica al empresarismo: una vida de emprendimiento
El espíritu empresarial no es algo nuevo en Mazzei. Su infancia estuvo marcada por el trabajo junto a su padre en una fábrica de broncería sanitaria. Cuando terminó la secundaria, sus padres creían que estudiaría Educación Física. En realidad, él quería ser actor. “Di mal el examen a propósito”, admite con una sonrisa. Su padre aceptó la decisión con una condición: trabajar desde las seis de la mañana en la fábrica, y estudiar teatro por las noches.
El cine fue su inspiración. Viendo películas con su madre mientras su padre dormía —Luis Sandrini, Pepe Arias, Las aguas bajan turbias— descubrió la magia del cine. Fue El padrino la película que selló su destino: “Me partió la cabeza y ahí me decidí.” En la secundaria protagonizó La novicia rebelde. Un día escuchó a Agustín Alesso en una entrevista explicando que daba cursos de teatro, y se anotó sin dudarlo. Alesso le dio su primera oportunidad en Delirante Leticia, trabajando junto a China Zorrilla, Maurice Jouvet y Nelly Bertrand.
La televisión lo haría famoso. Pasó por programas de gran audiencia como Amigovios y Como pan caliente, principalmente en Canal 13. Fue cuando ingresó a Polka para Gasoleros que comenzó a consolidarse, pero el verdadero quiebre llegó con Campeones. El personaje de Garmendia lo llevó a un punto de inflexión: “La gente dejó de llamarme por el nombre del personaje y aprendió el mío. Ahí fue cuando sentí que realmente era un actor.” En ese tiempo, junto a Osvaldo Laport, protagonizaban situaciones que paralizaban a la audiencia argentina. Las mujeres preferían a Guevara, el “atorrante” que encarnaba Laport, mientras los hombres gritaban en los supermercados: “¡Matálo a ese!”
Esa fue una época de oro para la ficción nacional, cuando actores como Carlos González y otros colegas de su generación marcaban presencia permanente en pantalla. Pero la ficción argentina colapsó, y Mazzei lo vio venir. “No estábamos armados para este momento desde la parte técnica, los actores, la producción. Otros países siguen haciendo ficción. En México, no existen los sindicatos; acá sí, y a veces son muy estructurados. Filmé en Uruguay y no te cobran impuestos, te dejan grabar con una autorización simple. Hay muchas cosas que acá no existen. Creo que cada uno cuidó su gallinero y no nos preparamos para lo que se venía.”
El viaje europeo y el retorno a casa
En un momento de su vida, Mazzei estuvo a punto de “plantar bandera” en España. Estaba en pareja, el trabajo fluía, la vida parecía desplegarse en tierras ibéricas. Pero cuando la relación terminó, descubrió una verdad incómoda: “Los amigos no son tuyos sino de ella, y la gente que conocés es gente que conocés hace poco. Argentina es mi país. Me tira mi gen, a pesar de todos los quilombos que tenemos.”
Con el dinero reunido en el extranjero abrió un salón de belleza, puso una peluquería, una distribuidora. Su personalidad emprendedora —lo que él llama ser un “buscavidas”— nunca desapareció. “Siempre fui así”, reflexiona. Esa capacidad de reinvención, de buscar oportunidades en cada crisis, es quizás el rasgo que mejor lo define.
Araceli: dieciocho años, una cosmética y la complejidad de mezclar amor y negocios
Hace dieciocho años que Mazzei y Araceli González caminan juntos. Se casaron después de muchos años de convivencia —Tomás Kirzner, hijo de Araceli, les pidió que lo hicieran porque estaba “cansado de decir que era la pareja de mi mamá”—. En ese tiempo construyeron una marca de cosmética que pasó de ser una tienda nube a un showroom, y ahora tienen un local en el Unicenter. Mazzei se encarga de los números, de la logística empresarial.
“¿Es complicado que tu esposa sea tu socia?”, le preguntamos. Su respuesta es honesta: “No es bueno. La verdad es esa.” El deseo de llegar a casa y transformarse de empresarios en pareja nuevamente es constante. “A veces estoy deseando llegar para que ella se transforme en ‘Araceli-casa’ y yo en ‘Fabián-casa’. Porque tenemos distintas opiniones, hay que buscar un punto de equilibrio y eso lleva a un desgaste. Con otro socio decís ‘mañana hablamos’, pero con Ara nos vamos juntos a casa.”
Lo extraordinario es cómo han sostenido su relación. Conoce a Florencia Torrente desde muy pequeña —aunque vivió menos tiempo con ella al mudarse pronto— pero con Tomás la convivencia fue más profunda: “Desde los 8 años. Convivimos mucho, hasta que hace un par de años se mudó solo.” Cuando ambos hijos se fueron, la casa quedó en silencio. “El síndrome del nido vacío fue real, especialmente con Toto. Tenía un vínculo diario y ahora hablamos por teléfono casi todos los días, pero no nos vemos siempre. Nos costó un poquito ajustarnos como pareja, porque había demasiada paz y empezamos a discutir más”, bromea.
El secreto de dieciocho años juntos, según Mazzei, es paradójico: “Nos peleamos”, dice con una sonrisa. “Pero nunca dormimos separados. Bueno, una vez yo dormí en una punta de la casa y ella en la otra. Y al otro día hicimos como si nada.” Él es el conciliador de la pareja. Cuando Araceli enfrenta problemas legales con Adrián Suar —que resurgen periódicamente en los medios— Mazzei intenta no involucrarse, pero cuando los ataques son muy injustos, pierde la paciencia. “Me parece que la gente es mala, porque otra cosa no se puede decir. Ahí me pongo los guantes y salto. A esta altura, no le tengo miedo a nadie. Sé que, al final, la verdad va a predominar.”
Ella llegó a su vida en medio de un “proceso doloroso”, recuerda. Pero descubrió algo fundamental: “Una vez que encontrás el apoyo, vos sos el que se levanta.” Juntos también enfrentaron otro dolor: el aborto espontáneo de un embarazo esperado. “Ara perdió un embarazo y fue un dolor grande. Obviamente está todo superado, pero en su momento fue angustiante. No esperábamos esa noticia y sucedió y nos entusiasmó. Y no pudo ser.”
Los sesenta y la mirada retrospectiva
Acaba de cumplir sesenta años. “Un poco asusta el número”, admite, “es fuerte. Pero me siento bien y me veo bien.” No se ha hecho procedimientos estéticos. Su única rutina es aplicarse crema, un hábito que adquirió trabajando en España: “Estaba dulce, usaba buenos productos y me quedó el hábito.” Su brújula es Tomás. Viéndolo crecer y ahora convertido en un hombre adulto, Mazzei toma conciencia de su propia madurez.
Le hubiera gustado tener hijos propios, pero la vida decidió por él. Lo que sí tiene es la satisfacción de haber construido una carrera, de haber regresado a los escenarios con Los 39 escalones, de haberse levantado de una caída de tres metros. De haber transformado crisis en empresas. De haber mantenido viva la relación con una mujer por dieciocho años, en buenos y malos momentos, compartiendo negocios y sueños.
En las tablas del Multiescena, durante todo el verano, hace el monólogo inicial de Los 39 escalones de jueves a domingos. Sus manos ya no transpiran como aquella primera vez. El actor ha regresado.
Esta página puede contener contenido de terceros, que se proporciona únicamente con fines informativos (sin garantías ni declaraciones) y no debe considerarse como un respaldo por parte de Gate a las opiniones expresadas ni como asesoramiento financiero o profesional. Consulte el Descargo de responsabilidad para obtener más detalles.
Fabián Mazzei: el actor que resurge en escena tras la tragedia, la resiliencia familiar y dieciocho años de amor
Después de casi seis años lejos de las tablas, Fabián Mazzei regresa con la determinación de quien ha aprendido que la vida puede cambiar en un instante. El intérprete que marcó generaciones de televidentes con su rol en Campeones se presenta en el Multiescena con Los 39 escalones, una adaptación teatral de la icónica película de Alfred Hitchcock. En esta conversación, revela cómo un accidente casi le cuesta todo, cómo reconstruyó su vida junto a Araceli González, y reflexiona sobre la industria del entretenimiento argentina en tiempos de crisis.
Una resurrección escénica tras la caída
Cuando Mazzei pisó nuevamente un escenario para los ensayos de Los 39 escalones, sintió el peso de los años ausente. “El primer día transpiré muchísimo”, confiesa. Hace trece años que había encarnado al mismo personaje narrador en una producción anterior, cuando esta obra basada en Hitchcock llegó a las tablas de Buenos Aires. Ahora regresa, y aunque el rol no ha cambiado, él sí: lleva consigo el trauma de una caída que lo mantuvo un año completo en rehabilitación.
En 2022, mientras intentaba evitar una tormenta inminente, Mazzei subió al techo de su casa para limpiar las hojas. Su esposa le aconsejó no hacerlo. Él, confiado después de quince años realizando esa tarea, no le hizo caso. Con bolsas llenas de agua en las manos, perdió el equilibrio descendiendo por la escalera. Cayó desde tres metros de altura. Lo extraordinario fue lo que sucedió en la caída: giró su cuerpo en el aire para evitar caer de espaldas, amortiguando el impacto con el talón. “Me rompí el talón prácticamente”, relata, “me pusieron tres clavos. Pasé por silla de ruedas, muletas, y un año de rehabilitación. Fue corto de caer, la verdad, porque pudo haber sido mucho peor.”
La recuperación no solo fue física. El material laboral que llegó en esos meses lo ofrecía trabajar en ciudades del interior —Córdoba, Mar del Plata— pero él no tenía ganas de abandonar Buenos Aires. La razón era comprensible: acababa de lanzar con Araceli su marca propia de cosmética.
Del trabajo en fábrica al empresarismo: una vida de emprendimiento
El espíritu empresarial no es algo nuevo en Mazzei. Su infancia estuvo marcada por el trabajo junto a su padre en una fábrica de broncería sanitaria. Cuando terminó la secundaria, sus padres creían que estudiaría Educación Física. En realidad, él quería ser actor. “Di mal el examen a propósito”, admite con una sonrisa. Su padre aceptó la decisión con una condición: trabajar desde las seis de la mañana en la fábrica, y estudiar teatro por las noches.
El cine fue su inspiración. Viendo películas con su madre mientras su padre dormía —Luis Sandrini, Pepe Arias, Las aguas bajan turbias— descubrió la magia del cine. Fue El padrino la película que selló su destino: “Me partió la cabeza y ahí me decidí.” En la secundaria protagonizó La novicia rebelde. Un día escuchó a Agustín Alesso en una entrevista explicando que daba cursos de teatro, y se anotó sin dudarlo. Alesso le dio su primera oportunidad en Delirante Leticia, trabajando junto a China Zorrilla, Maurice Jouvet y Nelly Bertrand.
La televisión lo haría famoso. Pasó por programas de gran audiencia como Amigovios y Como pan caliente, principalmente en Canal 13. Fue cuando ingresó a Polka para Gasoleros que comenzó a consolidarse, pero el verdadero quiebre llegó con Campeones. El personaje de Garmendia lo llevó a un punto de inflexión: “La gente dejó de llamarme por el nombre del personaje y aprendió el mío. Ahí fue cuando sentí que realmente era un actor.” En ese tiempo, junto a Osvaldo Laport, protagonizaban situaciones que paralizaban a la audiencia argentina. Las mujeres preferían a Guevara, el “atorrante” que encarnaba Laport, mientras los hombres gritaban en los supermercados: “¡Matálo a ese!”
Esa fue una época de oro para la ficción nacional, cuando actores como Carlos González y otros colegas de su generación marcaban presencia permanente en pantalla. Pero la ficción argentina colapsó, y Mazzei lo vio venir. “No estábamos armados para este momento desde la parte técnica, los actores, la producción. Otros países siguen haciendo ficción. En México, no existen los sindicatos; acá sí, y a veces son muy estructurados. Filmé en Uruguay y no te cobran impuestos, te dejan grabar con una autorización simple. Hay muchas cosas que acá no existen. Creo que cada uno cuidó su gallinero y no nos preparamos para lo que se venía.”
El viaje europeo y el retorno a casa
En un momento de su vida, Mazzei estuvo a punto de “plantar bandera” en España. Estaba en pareja, el trabajo fluía, la vida parecía desplegarse en tierras ibéricas. Pero cuando la relación terminó, descubrió una verdad incómoda: “Los amigos no son tuyos sino de ella, y la gente que conocés es gente que conocés hace poco. Argentina es mi país. Me tira mi gen, a pesar de todos los quilombos que tenemos.”
Con el dinero reunido en el extranjero abrió un salón de belleza, puso una peluquería, una distribuidora. Su personalidad emprendedora —lo que él llama ser un “buscavidas”— nunca desapareció. “Siempre fui así”, reflexiona. Esa capacidad de reinvención, de buscar oportunidades en cada crisis, es quizás el rasgo que mejor lo define.
Araceli: dieciocho años, una cosmética y la complejidad de mezclar amor y negocios
Hace dieciocho años que Mazzei y Araceli González caminan juntos. Se casaron después de muchos años de convivencia —Tomás Kirzner, hijo de Araceli, les pidió que lo hicieran porque estaba “cansado de decir que era la pareja de mi mamá”—. En ese tiempo construyeron una marca de cosmética que pasó de ser una tienda nube a un showroom, y ahora tienen un local en el Unicenter. Mazzei se encarga de los números, de la logística empresarial.
“¿Es complicado que tu esposa sea tu socia?”, le preguntamos. Su respuesta es honesta: “No es bueno. La verdad es esa.” El deseo de llegar a casa y transformarse de empresarios en pareja nuevamente es constante. “A veces estoy deseando llegar para que ella se transforme en ‘Araceli-casa’ y yo en ‘Fabián-casa’. Porque tenemos distintas opiniones, hay que buscar un punto de equilibrio y eso lleva a un desgaste. Con otro socio decís ‘mañana hablamos’, pero con Ara nos vamos juntos a casa.”
Lo extraordinario es cómo han sostenido su relación. Conoce a Florencia Torrente desde muy pequeña —aunque vivió menos tiempo con ella al mudarse pronto— pero con Tomás la convivencia fue más profunda: “Desde los 8 años. Convivimos mucho, hasta que hace un par de años se mudó solo.” Cuando ambos hijos se fueron, la casa quedó en silencio. “El síndrome del nido vacío fue real, especialmente con Toto. Tenía un vínculo diario y ahora hablamos por teléfono casi todos los días, pero no nos vemos siempre. Nos costó un poquito ajustarnos como pareja, porque había demasiada paz y empezamos a discutir más”, bromea.
El secreto de dieciocho años juntos, según Mazzei, es paradójico: “Nos peleamos”, dice con una sonrisa. “Pero nunca dormimos separados. Bueno, una vez yo dormí en una punta de la casa y ella en la otra. Y al otro día hicimos como si nada.” Él es el conciliador de la pareja. Cuando Araceli enfrenta problemas legales con Adrián Suar —que resurgen periódicamente en los medios— Mazzei intenta no involucrarse, pero cuando los ataques son muy injustos, pierde la paciencia. “Me parece que la gente es mala, porque otra cosa no se puede decir. Ahí me pongo los guantes y salto. A esta altura, no le tengo miedo a nadie. Sé que, al final, la verdad va a predominar.”
Ella llegó a su vida en medio de un “proceso doloroso”, recuerda. Pero descubrió algo fundamental: “Una vez que encontrás el apoyo, vos sos el que se levanta.” Juntos también enfrentaron otro dolor: el aborto espontáneo de un embarazo esperado. “Ara perdió un embarazo y fue un dolor grande. Obviamente está todo superado, pero en su momento fue angustiante. No esperábamos esa noticia y sucedió y nos entusiasmó. Y no pudo ser.”
Los sesenta y la mirada retrospectiva
Acaba de cumplir sesenta años. “Un poco asusta el número”, admite, “es fuerte. Pero me siento bien y me veo bien.” No se ha hecho procedimientos estéticos. Su única rutina es aplicarse crema, un hábito que adquirió trabajando en España: “Estaba dulce, usaba buenos productos y me quedó el hábito.” Su brújula es Tomás. Viéndolo crecer y ahora convertido en un hombre adulto, Mazzei toma conciencia de su propia madurez.
Le hubiera gustado tener hijos propios, pero la vida decidió por él. Lo que sí tiene es la satisfacción de haber construido una carrera, de haber regresado a los escenarios con Los 39 escalones, de haberse levantado de una caída de tres metros. De haber transformado crisis en empresas. De haber mantenido viva la relación con una mujer por dieciocho años, en buenos y malos momentos, compartiendo negocios y sueños.
En las tablas del Multiescena, durante todo el verano, hace el monólogo inicial de Los 39 escalones de jueves a domingos. Sus manos ya no transpiran como aquella primera vez. El actor ha regresado.